Jueves 19 · Viernes 20 · Sábado 21 · Domingo 22
Texto e imágenes: Rosario López
Las jornadas del sábado era quizá la más temida por los 60.000 asistentes diarios que se esperaban en Clisson ante el pico de temperaturas tórridas anunciado por los partes metereológicos, pero eso no evitó que nos marcáramos una jornada non stop a caballo, sobretodo, de las dos carpas dedicadas a los sonidos progresivos y el black metal: el Altar y el Temple.
Las primeras en abrir fuego fueron las noruegas Witch Club Satan, que atronaron con su directo ritual, tan ocultista y sangriento como feminista. Su propuesta, rica en escenificación black metal pagana y en energía, se metió en el bolsillo hasta a los más despistados como el acto de profunda libertad primaria que es: con su entrega en temas como “I Was Made By Fire” o la inicial “Birth” hicieron hincapié en su naturaleza trascendental y salvaje a la vez. Para muchos, de lo mejor del festival a pesar de que las programaran en pleno mediodía.

Les siguieron en la carpa gemela Urne, banda británica que aúna sludge, rock progresivo, metal e incluso hardcore, si bien en sus mejores momentos de este directo me recordaron mucho (para bien) al sonido más progresivo de Mastodon. Otro gran descubrimiento para quienes no les habíamos escuchado antes, y la banda estaba visiblemente emocionada por cerrar en Clisson el clico de su gira ”A Feast on Sorrow”.A continuación, Tryglav, oriundos de Croacia, convencieron con la vertiente más siniestra de su black metal melódico, tocando sobretodo temas de su disco “The Ritual”, lanzado en 2023.

Tras disfrutar de su directo, decidí visitar el nuevo espacio del festival llamado The Purple House, anidado en una esquina del Metal Corner, la frontera entre el festival y el camping del mismo. No sabía qué esperar de ese escenario pero desde luego no esperaba lo que encontré: una especie de carpa de circo en la que además de disfrutar de una atmósfera mucho más fresca que en el resto del festival, uno podía ir al barbero, jugar de gratis a varias máquinas de arcade (de pinballs a PacMan) o ver espectáculos de burlesque o cómicos. En el centro de la carpa, un escenario enrejado que solo puede describirse como una jaula, con el espacio justo para meter amplis y los instrumentos, donde tienen lugar los conciertos. Llegué a tiempo de ver a Pest, duo londinense de punk industrial con momentos nu-metal que se nos llevó por delante con una mala baba que ya la quisieran grupos con muchos más miembros e instrumentos. La inyección de rabia que nos metieron a golpe de batería y guitarra desencadenó un circle pit con el escenario como centro épico. Espero que este grupo, que apenas lleva dos o tres años de trayectoria, explote del todo porque no se ven directos tan incendiarios como el suyo todos los días.

Pero llegaba el momento que muchos llevábamos todo el día esperando: el de la actuación de los estadounidenses Agriculture, banda de black metal con elementos de música clásica y shoegaze que se ha ganado nuestra admiración a base de transiciones estilísticas inesperadas y montañas rusas emocionales. A nivel vocal, Leah B. Levinson y Daniel Meyer intercalaron sus actuaciones, así como el bajo, y en el setlist destacaron “The Well”, “Living is Easy” y dos temas inéditos, de los cuales uno anunciaron el nombre, “Relier”. Su torrente musical, que aunaba lo brutal con la melodía, lo progresivo con lo minimalista, fue una bestia de mil cabezas que mutaba y mutaba y mutaba, cuyo mayor peligro en todo momento era el de hacernos sentir demasiado.

Semejante intensidad nos pedía un descanso y reponer fuerzas sobre el césped, tras lo cual volvimos con un cambio de tercio necesario: nos fuimos a ver a los belgas Nasty en la Warzone, que pusieron a botar a las masas con su hardcore punk y beatdown. Pogos, sudor y una apabullante falta de espacio personal fueron los tres factores que definirían su influjo en el público.

Volvimos a las carpas para ver a Wheel, banda con un sonido que hizo las delicias de los fans de Tool, y a Grima (los ganadores, junto a las Witch Club Satan, en materia puesta en escena impactante). Estos últimos nos impresionaron mucho con su maestría técnica. The Ocean cerraban en Clisson todo un ciclo tras anunciar su marcha recientemente tanto Loic Rossetti, el cantante, como Paul Seidel, su baterista. Se despidieron en lo más alto con un concierto emotivo y una carpa abarrotada por los fieles de la banda.
Deafheaven eran los siguientes en el menú de las carpas, y me duele decir esto, porque son una de mis bandas favoritas, pero nos tocó la china y una vez más (y lo digo porque ya llevamos dos conciertos de la banda con los mismos problemas, en diferentes festivales) el sonido no estuvo a la altura del talento de la banda ni de la brillantez de su última referencia, “Lonely People with Power”. Su concierto se vio lastrado por un sonido embarullado que fagocitó, sobretodo, las melodías que hacen que destaque su propuesta dentro del blackgaze, así como la distintiva voz de George Clarke. A pesar de que le echaron toda la actitud que esperamos y más, su actuación no llegó a su máximo potencial por ese contratiempo. Esperamos tener más suerte la próxima vez.

Superado el disgusto nos dirigimos al Valley para el tramo final de la noche, que abrieron una de esas bandas todoterreno e infalibles: Russian Circles. El trío mágico consiguió helarnos la sangre con sus riffs y ritmos endiablados con temas como Harper Lewis o Gnosis. Es cierto que son siempre los mismos temas los que afloran en sus setlists pese a lo abundante que es su discografía, pero cuando tienes a semejante sección rítmica, a Brian Cook y Dave Turncrantz, apuntalando esos temazos con bajo y batería respectivamente hasta hacer temblar el mismísimo suelo, que haya variedad o no en los temas rescatados es lo de menos.

Y así llegamos al plato fuerte del día para nosotros, Turnstile coronándose como la banda más esperada en el Warzone. Como ya pasó el día anterior a Sex Pistols. el escenario hardcoreta se les quedó infinitamente pequeño, ya que el gentío queriendo acceder al escenario por lo que veíamos desde las gradas llegaba hasta el final del bosque, para desespero de los que se quedaron rezagados en la zona de los Main. Los de Baltimore aparecieron en penumbra y descorcharon la ocasión con el tema que da nombre a su recién estrenado disco, el dulce y nostálgico Never Enough, y desde el principio Brendan Yates ya alzó el pie de micro hasta lo más alto entre pirueta y pirueta, como intentando invitarnos a cantar con él y como quien declara, con plena convicción, que el cielo es el límite. Me cuesta explicar lo que sentí en ese concierto, esa mezcla de comunión, locura sobre y bajo el escenario y el estar siendo testigo de algo histórico. Desde el subidón de T.L.C, aquello fue un festín de adrenalina y endorfinas para todas y cada una de las almas que presenció. Con un setlist que, lejos de apoyarse exclusivamente en sus dos últimos discos (de entre los cuales destacaron los cortes de Glow On), supo mirar atrás en su discografía para brindarnos su vertiente más hardcore. El público en la pista pasó el concierto en plena efervescencia, y hasta a los de las gradas se nos fueron los pies. Con Blacklout y Birds como colofón final, ya no quedó una sola persona sin una sonrisa indeleble en la cara. No hubo alma que se resistiera al encanto de ese sonido tan nineties, tocado por un puñado de chavales que acababan de nacer en los nineties, en esa bellísima y por fin fresca noche de verano.

Jueves 19 · Viernes 20 · Sábado 21 · Domingo 22